La teoría del apego es la teoría que describe la dinámica de largo plazo de las relaciones entre los seres humanos. Su principio más importante declara que un recién nacido necesita desarrollar una relación con al menos un cuidador principal para que su desarrollo social y emocional se produzca con normalidad. La teoría del apego es un estudio interdisciplinario que abarca los campos de las teorías psicológicas, evolutivas y etológicas.

Muchos experimentos y observaciones de padres y sus bebés nos han enseñado que el bebé desde el momento de su nacimiento tiene capacidades comunicativas muy complejas de sus necesidades. Esas capacidades sólo las puede desarrollar en directo contacto corporal con una persona emocionalmente conectada. Tiene que ser una persona con sensibilidad hacia el bebé para poder percibir, interpretar y reaccionar de forma adecuada e inmediata. Esas primeras comunicaciones suceden a través del sistema nervioso autónomo. Es una comunicación intuitiva, no racional. Entre funciones regulatorias para la supervivencia, el sistema nervioso autónomo tiene influencias importantes sobre las funciones psiquicas del organismo, las emociones y sobre nuestra atención. Una pérdida del equilibrio en este sistema, o en otras palabras un estrés elevado, tiene un efecto inmediato no solo sobre nuestro bienestar interior, sino sobre la capacidad de establecer la comunicación con nuestro bebé.

Los bebés no piensan. En su lugar reaccionan en milisegundos con tensión, si el equilibrio y la estabilidad de su base está en cuestión. Los bebés humanos, bajo un punto de vista de biología evolutiva, son prematuros y por eso necesitan tanto la seguridad como el calor del cuerpo de su madre para poderse desarrollar adecuadamente. Solo si la madre puede proporcionar esa seguridad a nivel emocional y corporal, el bebé puede relajarse y establecer el vínculo.

Poco a poco, tras miles de situaciones de conexión afectiva y de seguridad y amor, el bebé finalmente aprende que su base es segura y estable, y se relaja de forma más continua.

Así que el vínculo afectivo con el niño solo puede desarrollarse a través de esa seguridad de conexión corporal relajada y afectuosa. Y esa conexión puede ser con la madre o el padre, o con otra persona disponible a nivel afectivo y continuo. Si esa persona está en tensión a menudo, el niño obtiene la sensación que el mundo es peligroso e inseguro. Y si yo como madre estoy en un estado “normal” de estar inconscientemente estresada (o, lo que es casi equivalente, si habitualmente voy de prisa), poco a poco pierdo la sensibilidad para las señales y la conexión con el bebé.

La buena noticia es que cuando los niños son pequeños vuelven a conectar con nosotros con mucha facilidad. A nosotros adultos a veces nos puede sorprender, fascinar y maravillar su capacidad y su facilidad. Dejémonos llevar e inspirar por ellos.

¿Te interesa saber más sobre los fondos científicos del vínculo?
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